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Madre Nuestra®

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17 de Julio
San Alejo
peregrino


"Patrono de los peregrinos, mendigos,
 vagabundos y enfermos protector 
en terremotos, rayos y tormentas, y 
contra la peste y la pestilencia"


Alejo era hijo de un rico senador romano, Eufemiano. Como hijo único, sus padres le dieron una esmerada educación, sin reparar en gastos.
Tampoco fueron parcos cuando prepararon la boda de Alejo. La novia también pertenecía a la aristocracia. La boda se celebró en la iglesia de San Bonifacio. Hubo esplendor y grandes festejos.Y a desfilaban los convidados, cuando dijo el senador a su hijo: "Entra en la cámara nupcial, que tu esposa te aguarda"... La esposa contaba después lo sucedido. Él le echó un sermón, hablándole de las ventajas de la vida de los monjes. Y con tanta convicción y gracia que la dejó embobada. Se quitó el anillo de desposado y se lo entregó. "Guárdalo, le dijo, y que el Señor sea con nosotros". Y se marchó en la oscuridad de la noche.
Su padre envió criados en busca de su hijo.
Dos criados llegaron hasta Edesa, Mesopotamia, en busca del joven esposo. Mas nada habían conseguido los dos criados y discutían qué rumbo tomar. Un mendigo, con aire aristocrático, al oír hablar latín se les acercó. Le explicaron la tragedia de sus amos, la tristeza inconsolable de la joven esposa, abandonada la noche de bodas, y su inútil búsqueda. El mendigo se conmovió, pero disimuló. Y ellos se volvieron a Roma sin noticias.
El mendigo, al cobrar fama de santidad en Edesa, después de muchos años se marchó. Tomó una nave hacia Tarso, para visitar el templo dedicado a San Pablo. Pero una tempestad desvió la nave, que arribó a las costas de Italia.
Llegó a Roma, donde creía que ya nadie le conocería. Pedía limosna en San Juan de Letrán. Un anciano senador le dio una moneda de oro. Otro mendigo le explicó a Alejo que el senador se llamaba Eufemiano y le contó su tragedia.
Nuestro mendigo se ofreció al senador: "Recíbeme como criado en tu casa, para que el Señor bendiga tu vejez y se compadezca de tu hijo perdido". El senador lo aceptó y lo llevó a su palacio, en el Aventino.
Le asignaron un cuartucho debajo de la escalera. El senador se olvidó de él. El ama de casa y la nuera sentían miedo ante aquel hombre misterioso. El mendigo pasaba día y noche rezando, ayunando y haciendo penitencia. Vivía feliz, solo con Dios. Sólo salía los domingos para asistir a Misa.
Así vivió diecisiete años. Un día corrió en Roma la fama de su santidad. Las gentes acudieron a verle. El criado que lo cuidaba certificaba su santidad. El senador corrió hacia el sótano del mendigó. Acababa de morir, era el año 404. En su mano había un pergamino. Señor y padre mío"... Y contaba su historia: su hambre, su sed, sus peregrinaciones, desde que un día, en medio del banquete nupcial, oyó la voz de Dios que le decía: "El que deje a sus padres, a su mujer, por amor a mí, recibirá el céntuplo, y después, la vida eterna". Y firmaba Alejo.