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San Pedro Regalado
presbítero
1390-1456



"Patrono de Valladolid "

Nació en la vallisoletana Calle de la Platería. En 1403 entra en el Convento de San Francisco a pocos metros de su casa natal.

Con tan sólo quince años, ya acompañaba en sus viajes a fray Pedro de Villacreces, fervoroso franciscano que además de fundar el monasterio de La Salceda en Tendilla, impuso la estricta observancia en la regla, fundando el grupo de los villacrecianos. En uno de ellos, alcanzaron La Aguilera (Burgos) con la intención de fundar un nuevo convento que renovase la Orden franciscana.
En La Aguilera se dedicará San Pedro Regalado a las más diversas labores, destacando el cuidado de los pobres. Fue ordenado sacerdote a los veintidós años y a los veinticinco acompaña de nuevo a fray Pedro de Villacreces, ésta vez a El Abrojo (Laguna de Duero, en la provincia de Valladolid) para fundar otro convento, donde debido a su fama de santo será consultado con frecuencia por miembros de la nobleza.
También se conoce un hecho milagroso de su vida recogido en el proceso de canonización y que ofrece los elementos iconográficos de Pedro Regalado. En la madrugada del 25 de marzo, fiesta de la Anunciación de la Virgen María, está el fraile Pedro rezando maitines tan absorbido en la contemplación dentro del convento de El Abrojo; siente añoranza por honrar a María en el convento de La Aguilera consagrado por él a la Virgen bajo esa advocación; se transporta por los aires en los ochenta kilómetros que separan las casas y se devuelve de nuevo a El Abrojo, cumplido su deseo.
Después de su ordenación sacerdotal, fue nombrado superior y, a continuación, poco después, fue nombrado jefe de todos los monasterios de la reforma en España. Se sabe que mantuvo un silencio casi continuo y que pasaba la mayor parte de las noches en oración. Dios premia su fidelidad con gracias extraordinarias: fue visto con frecuencia elevado por encima del suelo y con llamas de fuego alrededor y poseía la agilidad de un glorificado. Lo más curioso de todo es que se le encuentra a menudo a la misma hora en dos monasterios muy distantes el uno del otro, haciendo transacciones comerciales para la Orden.
Su fama de santidad fue creciendo de forma rápida, llegando a atribuírsele episodios de bilocación y se extendió incluso después de su muerte tanto entre el pueblo como entre las clases poderosas, llegando a visitar su tumba en el Santuario de la Aguilera la reina Isabel la Católica.