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Santos Gregorio II y Pascual I
papas


San Gregorio II, papa, 731. Gregorio era romano de nacimiento y ya prestó grandes servicios a la
Iglesia bajo los pontificados de Sergio I y Constantino I; a este último le acompañó en un viaje a Oriente como asesor, contribuyendo a resolver de manera pacífica -y desgraciadamente, también provisional- una enconada controversia. Desde el 715, cuando fue elegido Papa, se desvive por una parte en la doble labor de defensa y de conquista espiritual: reconstruir monasterios como Montecasino, cuna de la orden benedictina, y consolidar las murallas de Roma, pero pensando también en pueblos paganos a los que había que llevar el Evangelio (él fue quien mandó a san Bonifacio a la Germania). Los historiadores le llaman el mejor Papa del siglo VIII, y en él se advierte muy bien la paradoja de los pontífices -constructores de puentes, según la etimología que resume de modo espectacular la de todo cristiano obligando a la dualidad de atender a las cosas de este mundo y de no vivir más que para Dios.



San Pascual I, papa, 824. Nació en Roma y pertenecía a la familia de los Máximo. Durante su pontificado prosiguieron y se fortalecieron las buenas relaciones entre los Francos y la Iglesia. Ludovico donó al papa Córcega y Cerdeña. Pascual se lo agradeció coronando rey de Italia al hijo de Ludovico, Lotario, reconociéndole autoridad sobre los romanos igual a la que ejercieran los emperadores bizantinos en el pasado. Pascual excomulgó al emperador de Oriente León V, que había reanudado la persecución a la iconoclastia, mientras que sostuvo con ayudas a los cristianos sometidos al Islam. Fue un ferviente y devoto cultor de los mártires, cuyas reliquias hizo exhumar en grandes cantidades y trasladar en muchas iglesias. Descubrió en particular los despojos de S. Cecilia en las Catacumbas de S. Calixto y los hizo trasladar en la iglesia dedicada a la santa. Por santo se le tenía antes de la elección y como santo siguió venerado después de su muerte.