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San Joel
profeta



"Patrono de los que predican a la naturaleza toda"

El libro de Joel, en la Santa Biblia, es pequeño, apenas cuatro capítulos. Pero los
problemas que plantean las alusiones históricas y las muchas alusiones literarias que contiene, justifican que al autor se lo haya situado en una época tan temprana como el siglo VIII a C. Sólo sabemos su nombre y filiación: Joel, hijo de Petuel (o Fetuel). Sobre su persona nada más podemos decir con certeza. Podemos deducir que se trata de alguien de elevada cultura, porque maneja el idioma y las convenciones poéticas con fluidez. Se ha tratado de relacionarlo con los «profetas culturales», profetas sacerdotes o estrechamente relacionados con el culto del templo, pero nada hay de decisivo al respecto en el libro.
Lo más interesante, sin embargo, no es su persona sino el libro mismo, la mirada que propone. Abre con una grandiosa visión de la naturaleza: el profeta contempla una plaga de langostas, seguida de una sequía. la descripción es completamente realista, como de quien verdaderamente ha visto aquello de lo que habla. Sin embargo, las referencias a estos hechos naturales, van mezclando frases que ya no se refieren a la devastación de la naturaleza, sino a la devastación sufrida por el pueblo de Dios, arrasado por los enemigos. 
La visión inicial, naturalista de Joel adquiere, en conjunto, un tono apocalíptico, que bien conocemos por otros poetas apocalípticos de la misma Biblia y de fuera de ella también: «Y realizaré prodigios en el cielo y en la tierra, sangre, fuego, columnas de humo. El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre, ante la venida del Día de Yahveh, grande y terrible.» (Jl 3,3-4). La destrucción y el juicio, sin embargo, no son más que el prólogo de la instauración de una paz y una comunión con Yahvé como hasta ahora nunca han tenido los hombres: «Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne. Vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Hasta en los siervos y las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.» (Jl 3,1-2) Promesa que relacionamos con la efusión del Espíritu en Pentecostés.