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Madre Nuestra®

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20 de abril
Santa Inés de Montepulciano
religiosa
1267 - 1317



"Santa patrona de los enfermos y de las 
enfermedades contagiosas"

Nació en un pequeño pueblo llamado Gracciano Vecchio, a unos tres kilómetros de Montepulciano, en el seno de una familia noble, alrededor del año 1274. 


Desde muy pequeña sintió fascinación por las cosas espirituales y con nueve años de edad entró en el monasterio dominico del Sacco.
El beato Raimundo de Capua dice que: “Por la autoridad del Sumo Pontífice, Inés, cuando cumplió los quince años de edad, por lo visible que era la influencia que ejercía su santidad, fue elegida superiora del monasterio”.
Se extendió muy pronto su fama, no sólo por sus virtudes, sino por los milagros que hacía en vida y por los dones especiales que todos le atribuían: libraba a los endemoniados, multiplicaba el pan y el aceite y curaba a los enfermos, se la veía siempre como una humilde y sencilla monja, muy amante de la oración, con un gran espíritu de sacrificio – se alimentaba sólo de pan y agua – y con un ardoroso amor hacia la Eucaristía.
En sueño recibe tres piedras pequeñas que le entrega la Virgen para erigir un convento, y dándose cuenta que era la voluntad de Dios que volviera a su tierra natal, marchó e inició la construcción de un monasterio, que dedicó a la Señora bajo la advocación de Santa Maria Novella.


En Montepulciano, ella fue un ángel de paz. Inés, con su santidad sencilla y simple, podía aportar soluciones a los conflictos.
Habiendo recibido dones extraordinarios, de Dios, Inés siempre fue una monja sencilla, muy simple, de extraordinaria piedad hacia la Virgen y hacia Cristo. Realizó un gran milagro en presencia del obispo, recubriendo el altar con maná que caía del cielo. La misma Santa Catalina de Siena, setenta años más tarde, cuando se acercó a venerar los restos de Inés, vio repetirse el milagro del maná y cómo los pies del cadáver de Inés se levantaban cuando se agachaba para besarlos, mientras la llamaba “Madre nuestra, gloriosa Inés”.
Muy cerca de Montepulciano se encuentran las aguas termales de Chianciano. Ante la insistencia del médico y de las propias monjas, Inés se acercó hasta allí en el año 1316 y en su presencia se efectuaron numerosos milagros, pero como ella misma dijo, aquellas aguas no la socorrerían, y a su vuelta, enfermó gravemente, llamó a sus monjas, les pidió que no llorasen por ella sino que se alegraran, ya que pronto se iba a encontrar con Dios en la eternidad; y les dijo: “Si les he sido útil en vida, mucho más lo voy a ser después de mi muerte” , murió el 20 de abril de 1317.

Debido a su fama de santidad, las monjas y los frailes que habían acudido a los funerales no quisieron sepultar el cadáver, pensando embalsamarlo y exponerlo en un lugar del monasterio, por lo que enviaron personas a Génova para que comprasen los bálsamos necesarios. Pero prodigiosamente se pudo comprobar que no eran necesarios pues de las manos y de los pies comenzó a gotear en tal cantidad un líquido oloroso que fueron necesarios varios recipientes para recogerlo, quedando impregnados también los paños que cubrían el cadáver. Inmediatamente se informó a las autoridades; y tan rápidamente se extendió la noticia, que acudieron miles de personas con la intención de tocar o impregnar telas con "ese aceite milagroso". 
El beato Raimundo de Capua dice que, cincuenta años después de su muerte, el cuerpo de Inés estaba completamente intacto y con apariencia de haber fallecido recientemente.



Detalle de los pies incorruptos de la Santa, que se alzaron cuando Santa Catalina de Siena se agachó a besarlos.


Sin estar aún canonizada, el templo que guardaba su cuerpo fue llamado “iglesia de Santa Inés” y pocos meses después de su muerte, eran tantos los milagros que los notarios públicos comenzaron a registrarlos en un libro de testimonio. En este libro se basó el beato Raimundo de Capua, cuando dijo: A esta virgen, le fue concedido por Dios un poder tan inmenso, que no había ningún tipo de enfermedad, aunque fuese contagiosa, que no desapareciese sólo con su oración”. 
Santa Inés fue canonizada posteriormente por el Papa Benedicto XIII, el día 10 de diciembre de 1726. 



Vista del relicario que contiene las ropas de la Santa, que se bañaron en sangre en 1510.



Su cuerpo, que en el año 1510 sudó tanta sangre que impregnó todas las vestimentas que lo cubrían, se venera actualmente incorrupto en Montepulciano, dentro de una urna-monumento de mármol, construido en el año 1690. Antonio Barrero". Texto extraído de PreguntaSantoral.es


Catalina de Siena recibe de Dios la visión de un trono en el cielo, reservado para ella junto a la Santa de Montepulciano.

Catalina escribe a sor Cristófora, priora de aquel monasterio:

"Carísima hija en Cristo, dulce Jesús. Yo, Catalina, sierva y esclava de los siervos de Jesucristo, te escribo en su preciosa Sangre; con deseo de verte a ti y a las demás seguir las huellas de nuestra gloriosa madre Inés. A este propósito os suplico y quiero que sigáis su doctrina e imitéis su vida. Sabed que siempre os dio doctrina y ejemplo de verdadera humildad, ésta fue en ella la principal virtud. No me maravillo de esto, pues tuvo lo que debe tener la esposa que quiere seguir la humildad de su esposo. Tuvo ella aquella caridad increada que ardía constantemente en su corazón y lo consumía. Hambreaba almas y se daba a ellas. Sin interrupción vigilaba y oraba. De otra suerte no habría poseído la humildad, ya que no existe ésta sin la caridad: una alimenta a la otra.
¿Sabéis qué fue lo que la hizo llegar a la perfección de una virtud verdadera? El haberse depojado libre y voluntariamente, renunciando a sí misma y al mundo, sin querer poseer de él nada. Bien se percató aquella gloriosa virgen que el poseer bienes terrenos lleva al hombre a la soberbia; por su causa pierde la virtud escondida de la verdadera humildad, cae en el amor propio, desfallece el afecto de su caridad; pierde la vigilia y la oración. Porque el corazón y el afecto llenos de cosas terrenas y del amor propio de sí mismo, no pueden llenarse de Cristo crucificado ni gustar de la dulzura de verdadera oración. Por lo cual precavida la dulce Inés, se despoja de sí misma y se viste de Cristo crucificado. No sólo ella, sino que esto mismo nos llega a nosotros, a ello os obliga y vosotras debéis cumplirlo.
Tened en cuenta que vosotras, esposas consagradas a Cristo, nada debéis retener de vuestro padre terreno, pues lo abandonasteis para ir con vuestro Esposo, sino sólo tener y poseer los bienes del Esposo eterno. Lo que pertenece a vuestro padre es la propia sensualidad que debemos abandonar, llegado el tiempo de la discreción y de seguir al Esposo y poseer su tesoro. ¿Cuál fue el tesoro de Jesucristo crucificado? La cruz, oprobio, pena, tormento, heridas, escarnios e improperios, pobreza voluntaria, hambre de la honra del Padre y de nuestra salvación. Digo que, si vosotras poseéis este tesoro con la fuerza de la razón, movida por el fuego de la caridad, llegaréis a las virtudes que hemos dicho.
Seréis verdaderas hijas de la madre, y esposas solícitas y no negligentes; mereceréis ser recibidas por Cristo crucificado: por su gracia os abrirá la puerta de vida imperecedera.
No os digo más. Anegaos en la Sangre de Cristo crucificado. Levantad vuestro espíritu con solicitud verdadera y unión entre vosotras. Si permanecéis unidas, y no divididas, no habrá ni demonio ni criatura alguna que pueda dañaros ni impedir vuestra perfección. Permaneced en el santo y dulce amor de Dios. Jesús dulce, Jesús amor."