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Madre Nuestra®

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18 de Abril
Santa Atanasia Egina
 s. IX



Atanasia nació en una de las islas del Mar Egeo. Contrajo matrimonio con un oficial del ejército, pero 

su esposo murió dieciséis días después en una escaramuza contra los árabes que habían asaltado la costa. Atanasia quiso entonces consagrarse a Dios, pues había tenido una visión acerca de la futilidad de las cosas de este mundo que la había impresionado mucho. Pero sus padres la persuadieron de que contrajese nuevamente matrimonio. Su segundo esposo era un hombre muy devoto y piadoso, que la alentó en la práctica de las buenas obras y le ayudaba en ellas. La santa repartía liberalmente limosnas entre los pobres, asistía a los enfermos, a los forasteros, a los prisioneros y a todos los necesitados. Después de la misa de los domingos y días de fiesta, solía reunir a sus vecinos para leerles y explicarles algún pasaje de la Biblia. Al cabo de algún tiempo, el esposo de Atanasia decidió tomar el hábito monacal, con el consentimiento de su esposa; ésta, a su vez transformó su casa en un convento, del que fue elegida abadesa.
Las religiosas llevaban una vida extremadamente austera, hasta que se encargó de la dirección espiritual un santo abad llamado Matías, el cual descubrió que estaban tan debilitadas por la penitencia, que apenas podían andar. Matías aconsejó a santa Atanasia que moderase las austeridades de sus súbditas y consiguió que el convento se trasladase a Timia, a una casa tranquila y apta para la vida monástica, pues la casa de la santa estaba en plena ciudad. En Timia el número de las religiosas aumentó de tal modo, que hubo necesidad de ensanchar la casa. La emperatriz Teodora, a cuyos oídos había llegado la fama de la santa, la llamó a Constantinopla y la nombró su consejera. Atanasia hubo de pasar siete años en la corte, en una celda que era una réplica exacta de la que tenía en su monasterio. Finalmente, la emperatriz la dejó partir nuevamente a Timia. Poco después de su llegada, cayó enferma. Durante doce días trató de llevar la vida ordinaria; pero al fin, ya sin fuerzas, tuvo que enviar a sus religiosas a cantar el oficio divino sin ella. Cuando volvieron las religiosas, encontraron a su abadesa agonizante. La santa sólo tuvo tiempo de darles la bendición antes de morir.