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2014/06/10

10 de junio

 SANTA MARGARITA
REINA DE ESCOCIA


 "Para pedir paciencia ante las desgracias"

A principios del segundo milenario cristiano, cuando la razón de Estado unía en enlace matrimonial a los vástagos de las familias regias de los países más distantes, una joven doncella, hermosa de cuerpo y más aún de alma, nacida en Hungría, fue llevada a Inglaterra, donde la Providencia le preparaba el camino de la santidad mediante su enlace con el rey de Escocia
uniendo santamente durante treinta años lo espiritual con lo temporal, como esposa, como madre y como reina.
 Tenemos, en el caso de Santa Margarita, un alma que, como dice la Escritura: Sortita est animam bonam (Sap. 8,10), o, como diríamos en nuestro lenguaje: "A quien la virtud parecía connatural. Así la describen los autores más antiguos, casi contemporáneos, reproducidos por los jesuitas bolandistas: inteligente, prudente, inclinada a la piedad y a la misericordia con los desvalidos. Fácilmente se comprende lo que de hecho sucedió; que se asimiló cuanto en punto a piedad y virtud vio en torno suyo y lo que, además, la instruyeron en particular, viniendo a dar, al tiempo de su completo desarrollo físico y moral, frutos de virtud no vulgares.

El Breviario Romano hace constar que "el rey Malcolmo quedó cautivado por las egregias dotes de Margarita" y que, para ésta, el motivo determinante fue "el habérselo mandado así su madre".

 Pero la prosperidad no es en sí obstáculo para la santidad.

 Es, creemos, Santa Margarita, reina de Escocia, un ejemplar insigne en muchos respectos, como esposa que supo ganarse el corazón de su marido; de madre, que atendió a la crianza y educación cristiana de sus hijos, de los cuales, dice el Breviario, la mayor parte abrazaron el estado de perfección, así como su propia madre y su hermana Cristina. De reina, que procuró ahincadamente el bien y la felicidad de sus súbditos; de santa, que amaba de corazón a Dios y, por Dios, a los pobrecitos de su reino, de los que alimentaba a un centenar diariamente en su palacio, lavándoles los pies y hallando satisfacción en aplicar sus labios a las úlceras que les afligían, proveyendo, además, al sostenimiento de varios centenares de familias necesitadas. Para ello, en alguna ocasión, vendió sus joyas y sus ropas más preciosas, y, a veces, llegó a agotar el tesoro regio.

 Edificó varias iglesias, entre ellas la abadía de Dunferline, dedicada a la Santísima Trinidad, para custodiar la más preciosa reliquia: la de la Vera Cruz. Su libro de rezos, primorosamente decorado, se conserva al presente en la Biblioteca Boldleiana, de Oxford (Inglaterra).

 Sobrevivió sólo algunos días a su marido, el rey Malcolmo, la reina, al llegar su hijo Edgaro de la guerra, estando ya ella para expirar, hizo que le relatara todo lo sucedido, y, al oírlo, dijo:

Gracias, Dios mío porque me dais paciencia para soportar tantas desgracias juntas".

 Al morir, en Edimburgo, el 16 de noviembre de 1093, quedó su rostro sonrosado, después de la lívida palidez que se le vio durante los últimos seis meses, en los que padeció acerbos dolores. Su cuerpo fue enterrado en una urna que quedaba frente al altar mayor de la iglesia de Dunferline. Fue canonizada por Inocencio IV en 1250, y en 1259 se trasladó su cuerpo a un nuevo y rico altar en Dunferline. Su cráneo pasó a ser propiedad de la reina de Escocia, María Estuardo, y más tarde a los jesuitas de Douai, perdiéndose su noticia durante las turbulencias de la Revolución Francesa. Su cuerpo, por empeño de Felipe II, fue trasladado a España y consta que este rey mandó tallar para colocar los restos de Santa Margarita y su esposo, el rey Malcomo, un sepulcro en una capilla de El Escorial; pero, según G. Roger Hudleston, O. S. B., cuando Gelliers, arzobispo de Edimburgo, pidió al papa Pío XI que fuesen trasladadas a Edimburgo las reliquias, por ser dicha Santa la Patrona de Escocia, no pudieron ser halladas.

Aunque les duela esa carencia de reliquias a los escoceses, tienen sin embargo el orgullo de disfrutar en su historia de las grandes virtudes de una mujer que supo primar su condición cristiana a su condición de reina. O mejor, que ser reina no fue dificultad para vivir hasta lo más hondo su responsabilidad de cristiana. O aún más, supo desde la posición más alta ser testigo de Cristo. Y eso es mucho en cualquier momento de la Historia. ¿No será la gente como ella los que se llaman pobres de espíritu?

 En la vida de Santa Margarita de Escocia falta la narración de hechos milagrosos. Teodorico, monje de San Cuberto, su confesor, en la relación de la vida de la Santa, dedicada a la hija de la misma, Matilde, reina de Inglaterra, cuya relación reproduce el padre Papebroch en el lugar ya citado, dice así: "Son más dignos de admiración los hechos que la hacían santa que los que solamente la declaraban santa ante los hombres. Narraré, con todo, algo que juzgo pertinente, como indicio de su religiosa vida".


 "Tenía un libro de los cuatro Evangelios, decorado con oro y joyas, cuyas mayúsculas brillaban con el oro. Este códice, que, más que los otros, acostumbraba a leer y meditar, lo estimaba ella mucho. El cual libro, trasladándoselo uno cierto día, al atravesar el vado de un río, el libro, que había sido envuelto menos cuidadosamente, vino a caer en medio de las aguas; ignorando lo cual el portador prosiguió con resolución el viaje emprendido; mas cuando luego quiso entregar el libro echó de ver, por vez primera, que lo había perdido. Lo buscó mucho, pero inútilmente. Por fin lo descubrieron abierto en el mismo lecho del río, de tal manera que sus hojas se agitaban con el incesante ímpetu de las aguas, y los paños de seda que llevaba para evitar que las letras de oro se oscureciesen con el roce, ahora, con la violencia del río, se desprendieron. ¿Quién diría que aquel libro podría ya servir? ¿Quién creería que pudiera ya leerse una sola letra? Pues, ciertamente, íntegro, incorrupto, es extraído de en medio del río, de tal modo que parecía no haber tenido contacto alguno con el agua. La limpieza de las hojas y la íntegra configuración de todas las letras permaneció tal cual estaban antes de que cayesen en el río; sólo en las últimas hojas podía percibirse la señal del líquido. El libro, y con él el milagro, se transmitió a la reina, la cual, rendidas las gracias a Cristo, tuvo mucho más estima que antes del códice. Con esto, otros vean qué sienten del caso; yo opino, por el venerable aprecio de la reina, que fue un milagro del Señor".